Soros y sus consejos para la democracia
Las fundaciones del millonario promueven las sociedades abiertas como medio para alcanzar un orden mundial justo.
La democracia no puede introducirse por la fuerza de las armas.
Introducir la democracia desde fuera es un asunto complicado, debido a que el orden mundial imperante se basa en la soberanía de los Estados, y éstos tienen derecho a resistirse frente a una intervención exterior. Mis fundaciones no dudan en involucrarse en los asuntos internos de los distintos países – al fin y al cabo, la democracia es un asunto interno-, pero lo hacen como ciudadanos del país en cuestión.
Seguimos una estrategia de doble vía: respaldar a la sociedad civil y ayudar a que el Gobierno se haga más democrático y más eficaz. A menudo se confunde sociedad abierta con sociedad civil, pero la sociedad abierta necesita también un Gobierno que funcione y con el que la sociedad civil pueda interactuar.
El principio que hay que establecer es que el fomento de la democracia en todos los demás países redunda en el interés colectivo de todas las democracias actuales.
El principio puede justificarse por varias razones:
En primer lugar, en nuestro mundo, cada vez más interdependiente, lo que pasa dentro de unos países puede afectar a los intereses vitales de otros.
En segundo término, la libertad y la democracia representan una aspiración humana universal.
En tercer lugar, constituyen también un ingrediente esencial del desarrollo económico, tal como ha mostrado Amartya Sen en su libro Desarrollo y libertad.
En cuarto término, aunque la democracia es un asunto interno, a menudo requiere de una mano amiga externa.
Hemos de distinguir entre intervenciones constructivas y punitivas.
No hay conflicto entre una intervención constructiva, ejemplificada por mis fundaciones, y el principio de soberanía nacional, puesto que los países afectados la aceptan voluntariamente.
Los problemas empiezan cuando un Gobierno rechaza un apoyo exterior sobre el que no puede ejercer control.
Se ha desarrollado una doctrina para justificar la intervención punitiva, denominada “la responsabilidad de proteger”. Sostiene que la soberanía reside en el pueblo, y que éste la confía al Gobierno. Cuando el Gobierno abusa de esa confianza y viola los derechos humanos del pueblo, la comunidad internacional tiene la responsabilidad de proteger al pueblo.
El desarrollo democrático necesita desesperadamente la ayuda exterior. He estado defendiendo esta argumentación desde que me involucré en la tarea de fomentar sociedades abiertas, aunque en vano. Creé mis fundaciones en países como Ucrania con la esperanza de que otros siguieran mi ejemplo; pero cuando volví la vista atrás no vi a nadie. Bien al contrario, el orden mundial imperante se ha decantado hacia el extremo opuesto, cosa que atribuyo al fundamentalismo mercantil. Proporcionar asistencia va contra corriente, pero imponer la disciplina del mercado encaja perfectamente.